Cuando se llega a la canción se abren los ojos, se supone una fecha y un compás y se le da la facultad de los recuerdos, para bien y para mal, se advierte una arquitectura cuando se llega a la canción, esta sensación rara de que algo puede volar a la vez que decirnos
la casa está sola. Cuando se llega alguna vez, pensar es un acorde, el recorrido de una piel conocida, pero siempre otra que nosotros. Llegar es irse uno, es el golpe de un martillo en una cuerda gruesa en una larga cuerda, es lo que vibra, acaso la madera y el metal, y yo, seguramente, que te escucho. En la omisión del presente, escucharte es llegar a la canción por otros medios, como imaginar alguna vez que caminamos al margen, pero caminar era quieto, era suponerte a mis espaldas, mientras la luz cae sobre unos hombros que apenas reconozco como míos, y el raro espectáculo del metal y la madera y yo, se enciende.
Llegar a la canción supone abrir un verbo,
se espera un cursi abril y de pronto somos en una prosa alucinando,
las palabras quieren llegar a ser lo que no son,
pero son lo único que me queda,
y nadie se salva de existir. Llegar a la canción, talvez será también,
reconocer el oficio de la llave, para bien y para mal,
y así la luz menguando, coincide,
entre tantas respiraciones, es la tuya,
en aquella mesa, al margen,
y llegar a la canción es terminar abrazado a un tronco anciano de un bosque,
uno que podría estar ahora mismo tan llovido y verde,
porque desde pequeño lo he cuidado,
ya vemos que llegar con un buen equipaje es necesario,
el equipaje de símbolos,
las notas de una música quieren llegar a ser lo que no son,
son lo único que me queda,
un bar nocturno,
un olor de que personas han ocurrido,
y antes de poner los dedos en las últimas palabras,
sorteando el azar la disonancia,
las cosas oscuramente adquieren nombre.